[...] De la conjunción de los sentidos y el alma nace la idea burguesa del amor. [...] En la idea del amor se refugia el anhelo de la permanencia de la felicidad terrenal, de la superación del fin. Los amantes en la poesía burguesa recurren al amor para superar la transitoriedad cotidiana, la justicia de la realidad, la servidumbre del individuo, la muerte. La muerte no les viene de afuera sino que está enraizada en el amor mismo. [...] La idea del amor exige la superación individual del aislamiento monádico. Pretende la entrega fecunda de la individualidad a la solidaridad incondicionada entre persona y persona. En una sociedad en la que la oposición de los intereses es el principium individuations esta entrega perfecta se da en forma pura solo en la muerte. [...] Mientras el amor en el arte es elevado a la categoría de tragedia, en la vida cotidiana amenaza con transformarse en simple deber y hábito. El amor contiene en sí mismo el principio individualista de la sociedad. Exige exclusividad. Esta exclusividad se manifiesta en la exigencia de fidelidad incondicionada que, partiendo del alma, ha de obligar también a los sentidos. [...] Herbert Marcuse. Escuela de Frankfurt.
Leo estas cosas y me entiendo, miro alrededor (o al inicio del facebook...), y entiendo a Marcuse. Y mirá si tiene razón, y si eso de canalizar la mitad de la vida (o más) en otra persona es un capricho para que el mundo siga tal y como está, y si la perfección es imposible y todo eso que parece tan obvio es irracional, y mirá si no estoy tan loca. Vení, demostrame que existe otra cosa.