18.6.15
Mudanza
6.5.15
Mundos paralelos
11.3.15
Non fiction barata I
27.2.15
Correntadas
25.2.15
Alertas
12.2.15
Nunca pudimos salir de Cachi
La vida según el melón en la playa
11.2.15
Arroz de hostel (La vida según el arroz)
En Iquique hay tiempo de pegarse costumbres de nadie, me quedo sólo dos días, además viajo a contramano y además a la noche me acosté por cinco minutos y me levanté al día siguiente. Además estoy chinchuda y perdí la mitad del último día recorriendo un shopping libre de impuestos y la otra mitad lamentándome de haber gastado un tercio de mis ahorros en ir con la corriente.
29.1.15
Garganta
El mundo está lleno de gargantas del diablo, pero está tiene cuerdas vocales para cantarle al cielo.
Ojalá pudiera pararme allá arriba y a la vez quedarme acá, para ver cuán chiquita soy.
Alguien canta de la Puna y del amor y afuera los micros pasan y vamos a perderlos tocando la guitarra, como pasaba en la última escena de esa película que una vez te conté.
24.1.15
Techos altos
Hay tanto silencio que los mosquitos se escuchan desde lejos. Yo quiero una casa así, de techos altos, y voy a tener que importarla de otra época. Quiero una ventana que de a la calle desde la cama y que la calle sea así, de pueblo. Pero hoy la tuve y aunque me quedé despierta no vi casi nada de vida. Pasó solamente una mujer, y tenía heridas remarcadas, esas cicatrices oscuras que quedan cuando la herida todavía muy nueva se expone al sol.
Pueblo con helechos
Antes, las vidas eran más parecidas a un patio fresco con galería y helechos colgando. Con sillas de caño y tierra en el piso y un macetero de cemento con una de esas plantas de hojita de moneda que sólo crecían donde había abuelas. Los helechos son plantas de época. La plaza de este pueblo chico encierra porque no queda nada de pueblo en este chico. No me iría a dormir nunca. Alguna vez el cielo tuvo en casa estas mismas estrellas. Ahora hay que andar trepando en pueblos con helechos, hasta arriba de la colina del cementerio, en la que viven sólo los muertos, para verlas un poco. Y ya nadie quiere jugar a eso. Los juegos nuevos tienen las reglas demasiado claras, están demasiado lejos de esas escondidas en las que de repente valía esconderse en el balcón del fondo y de repente dejaba de valer.
21.1.15
Gramáticas
El chofer jujeño mira nuestros pasajes con el horario tachado y escrito con lapicera.
-¿Se han hecho dejar? -Nos pregunta, y me tiene que repetir porque no entiendo.
Si, "nos hemos hecho dejar". No nos dejó el micro, el micro estaba ahí esperándonos. Tampoco lo perdimos nosotras, nosotras también estábamos ahí esperándolo.
Nos hemos hecho dejar, el señor sabe muy bien; que en realidad no nos queríamos ir, que tampoco nos animabamos a quedarnos, que nos hicimos las bobas e hicimos que nos abandone.
Como todos, como siempre.
3.1.15
Polémica navideña
30.12.14
Historia que casi no pasa
Terminé viviendo en la casa de Katya, una amiga que además era la recepcionista del hostel, y su amiga Alyona. Son dos personas hermosas que ahora, a pesar de la distancia y el tiempo, sigo considerando grandes amigas.
Depende a quién le cuento la historia, hay detalles que a veces cuento y a veces no; como que las chicas compartían el departamento con dos señoras soviéticas que se negaban a aceptarme porque, la última vez que se había quedado alguien, habían terminado seis brasileros viviendo en su casa; o que, en realidad, hasta ese momento con Katya todavía no eramos tan amigas, pero me ofreció su casa porque en el hostel yo siempre lavaba los platos. A veces también exagero y cuento que pasé todo el día dando vueltas con las valijas por el metro, planeando formas de colarme para poder pasar la noche en la estación de Arbatskaya.
Por diez minutos me imaginé como sería esa otra Katya; esa chica desordenada y de rastas que era amiga de Sasha, que es tan detallista y racional. Me imaginé qué razones habría tenido para decir que sí, de la nada, a la idea de hospedar desde el día siguiente a una desconocida. También pensaba que no había visto ninguna rusa con rastas en el mes y medio que había pasado en Moscú. Me empecé a imaginar las historias que iban a pasar en esa casa, con esa amiga nueva, con la que me iba a ir a vivir de repente, en las tres semanas de viaje que me quedaban.
Cuando me di cuenta de que era ella, me quedé mirando la foto un ratito. Tiene el pelo rarísimo, con rastas hasta la cintura pero que además están como cubiertas de hilos de colores; rojos, blancos, celestes, azules. La miré a los ojos, a través de la pantalla, y le pregunté si ella alguna vez había pensado en esto. En cómo hubiera sido ese enero, si la chica rara que viajaba sola desde Argentina hubiera aceptado instalarse a vivir con ella.
No me contestó nada, pero me pareció que por un segundo se me filtró un recuerdo, como si viniera de otro planeta, de una noche caminando por Park Pobedy con una chica de pelo extraño, riendonos, buscando por el piso nevado alguna cosa importante que a mí seguro se me habría perdido.
| El Kremlin atrás de unos árboles con luces de navidad. Enero o Febrero de 2014. |
9.11.14
Todos los galpones
Un día de noviembre, da igual si hubiera sido de marzo (no daría igual de ser diciembre o el mes de su cumpleaños), la señorita visita una casa, exactamente el fondo de una casa, porque la casa ya la ha visitado otras veces. En verdad el fondo también, frecuentemente, pero sólo ahora le pone atención. Ignora las 73 veces que hubo en medio (no significaron nada) y compara esta última, con una tardecita de algún año de entre 1994 y 1998, tarde que pasó en ese mismo patio, aunque a decir verdad era el patio de otra casa, pero los patios no pertenecen a las casas, sino a las familias que los habitan, y ellos se habían ido desperdigando por la ciudad y llevándose el fondo de la casa con ellos.
30.10.14
Mesa dulce
7.10.14
Pregunta de parcial
25.7.14
"El colectivo tiene una maña"
Nuestro ser (nuestro) podría ser: una compra-venta de almohadones de diseño, o una mano desempañando un vidrio para ver el río, o un manojo de cartas por correo descontextualizadas de la época o una lágrima en un cenicero de chapa (por veinte años maltratado). Pero (yo) no sé ser más que aquellas cervezas ya pagadas (ya apagadas),
Ventana de micro II (temblar de miedo)
El alma no es (quizás) más que otro cuerpo, tal vez ese que usamos en los sueños, y como tal, también cicatriza; a veces con marca y a veces sin; y a veces hay caricias que son Aloe Vera y desdibujan heridas cerradas y marcadas, indelebles a la medicina y paganamente atacadas.



