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18.6.15

Mudanza

─¿Qué estás haciendo?

─Nada, ¿vos?
─¿Cómo nada? Entonces vamos a mudarnos. 
***
Es martes pero hay paro, así que no hay nadie en la calle. Voy caminando al departamento. Ya nos acostumbramos a decirte así, aunque ahora hay que decirte Casa de Pau. 
Caro me recibe un poco alterada: todo está más complicado de lo que pensábamos. Parece que hace como 14 años que Pau no tira su ropa vieja. 
Hay una cartera gigante llena de carteritas. Es como un museo de todas las modas de cuando éramos chicas: una de cuando se usaban los flecos, una fucsia de cuerina, un bolso rosa estampado del que tengo uno casi igual. Unas carteras de los cumples de 15. Una de la moda espantosa de la combinación de rojo con cremita. Y la mochila de Travel Rock. 
Yo estoy de mal humor, pero la mudanza me lo mejora. O me lo mejora el absurdo de cerrar la puerta del edificio con un tubo de Pringles vacío para que Caro fuera entrando las cosas. Porque también vamos al supermercado. No se puede mudarse sin ir a llenar un changuito con todas las cosas necesarias, como lavandina, fideos, Twistos y queso Finlandia. Y un tubo de papas para comer en el camino. Cuando se termina, lo guardamos y lo llevamos con las miles de bolsas de una casa a la otra. No quiero preguntar por qué llevamos un paquete vacío. Pero parece que Caro tiene todo planeado, que es el instrumento perfecto para sostener la puerta. 
Caro corre al auto 17 veces o más, y trae cosas gigantes, cajas, cuadros, un colchón. Creo que merece un reconocimiento a mejor amiga del mundo. También estaciona, por arte de magia, el auto en un lugar en que que después no entra. Caro protagoniza este cuento sin mudarse, porque se las arregla para protagonizar todos: ella es la reina de Tocaña.
Como yo soy inútil para cualquier actividad práctica, mi tarea era sonreírle a los nuevos vecinos, ser encantadora para intentar que no vean que, a las 11 de la noche de un martes, hay seis lámparas, dos colchones y tres mantas en su hall. 
La peor parte es subir en el ascensor. Me dan miedo cuando estoy sola, imaginen con el contenido de un placard que todavía tiene los buzos de Mimo. Seguramente pesa más que las cuatro personas que como máximo pueden entrar. 
Pero sobrevivimos. Los joggins de toalla y yo. No sé si Caro está tan contenta de que la ropa también hubiera sobrevivido. 
Pero lo mejor de todo, es que estamos mudando a Pau, sin que ella esté en ningún lado. Es que las cosas a veces son así, tu vida cambia y vos ni siquiera estás mirando. 
Por eso, como se perdió la mejor parte, ahora se la cuento. 
La casa nueva es verde y hermosa. Comemos fideos, y brindamos por todo.
*** 
Hoy es el cumpleaños de Paula, pero a las doce de la noche me olvidé, y en vez de mandarle un audio de felicitaciones, le mandé uno contándole que había renunciado a un trabajo, y pidiéndole prestado el departamento. 
Espero que a cambio de tener una amiga tan colgada, este cuentito le guste un poco. 
Que sepa que la quiero como a nadie y que cuenta siempre conmigo, para subir colchones, para bajarlos, incluso para prenderlos fuego. Porque siempre voy a estar para ella, aunque cambien las cosas, las casas, o todo lo que tengamos alrededor.

15/06/2015

6.5.15

Mundos paralelos

Hay cincuenta y dos personas que no se conocen en este comedor, todos se sientan solos en mesas para cuatro. 
Hay dosmil setenta y cuatro universos paralelos (hice la cuenta) en este comedor, y en cada uno; una variable pequeña, una centésima de diferencia en el algoritmo de asignación de materias, un retraso de dos minutos en la línea C, que puso a dos de estas personas de frente.
Y en cada mundo paralelo hay infinitos mundos más.  En uno se ignoran. En otro se conocen. En varios se saludan. En alguno se matan. En uno se enamoran.
Hay un mundo paralelo quizás en el que a la chica de verde que subraya con resaltador naranja le tocó hacerse amiga, en el colectivo, del chico de campera azul que sin mirarla subraya el mismo texto al lado. 
Hay un mundo paralelo, en el que esta silla esta vacía y yo, sentada con vos, hablandote del café, ahí en esa mesa, al lado de la columna.

11.3.15

Non fiction barata I

—Lo reeditaron, y está en oferta.
—¿Qué?
—Que está en oferta, me habías preguntado hace unos meses y ni se editaba. Ahora, viste, como se murió, salió de nuevo, y esa editorial la tenemos toda con descuento.

El librero se acuerda de lo que yo quería, y yo no. Yo agarré cualquier libro de la mesa en la que siempre están los de comunicación y de semiótica, y le paso los dedos por el lomo y por los bordes de las hojas, sin ver ni qué título es. Miro por la ventana el frente de la facultad y pienso en el dos mil diez y siete, porque qué importa que falten dos años, a mi me encanta pensar en cosas que no están. 

—Hay un montón de comunicación en la mesa, fijate, si te llevas varios te hago un descuento más. 

Que están en oferta todos los de Gedisa, me dice, y yo pienso que cómo le explico, que ahora no me importa más la semiosis social. Que le había dicho que lo quería y que si conseguía uno, porque no se editaba, que me lo trajera, que no importaba que el precio era un delirio, que lo quería. Y cómo le digo ahora que no se lo voy a pagar doscientos pesos. 

—¿Eras vos, o no, que me lo habías pedido?

El librero sabe mucho de mí, ahora va a saber también que las cosas que me parecen de vida o muerte al tiempo ya no captan ni un poco mi interés, que no me acuerdo de lo que digo y no soy responsable por lo que pido. Sabe también que el cuatrimestre pasado, según sus propias palabras "me maté con filosofía de la estética", que me quemé la cabeza. Quizás adivinaba que me quería quemar literalmente el cerebro, no pensar nunca más en nada, y mi forma de hacerlo era intentar entender el sentido del arte. 

—Cualquier cosa decime.

Se resigna. Ya debe entender todo, ya debe saber que no le voy a comprar ningún libro, porque ya debe entender quien soy. La piba que estaba obsesionada por el lenguaje; después por el arte, pero ahora, ahora no puede pensar en nada, sólo en la mancha de humedad que crece y crece en la pared del frente de la facultad, que se parece a otra mancha de humedad, a una que está en un lugar del que quiere escaparse, y que era un lugar del que, pensaba, a menos que la echaran, no iba a querer irse nunca. 

La piba que ahora tiene la certeza absoluta de que nunca más va a poder interesarse por nada (aunque tal vez vuelva en diez minutos, a pedir alguna lista infinita de libros raros sobre antropología).

La piba se va. Y el libro, que ayer era imposible de conseguir, completamente agotado, ahora estaba ahí, y ella se iba, lo abandonaba en la mesa. 

27.2.15

Correntadas

En este verano que se quiere morir, creció tres veces el río. Y del peligro y de alguna glándula del cuerpo; de la unión de esas dos cosas, se creó una adrenalina que no paro de gozar. ¿Sabés qué? El miedo es antónimo del olvido y el olvido nos da pánico; te daba pánico, a mí también. 
Con la primera crecida, allá en Iruya, bajamos del micro y corrimos; dimos tres vueltas al pueblo entero en subida y en bajada sin sentir ni un poco de fatiga en los pies. 
Con la crecida del Quilpo no pasó nada, hasta que después, retardada, con delay, se formó una aventurita de pesadilla; una hora horrible, un pensar por un minuto en llamar al helicóptero de rescate... ¿Sabés qué? Eso es, no vas a poder negarmelo, lo que vamos a buscar a los viajes, a todas partes. Cosas para contar. Cosas que no se olviden, cuando hayan pasado los años y se nos haya borrado esta vida estable que tanto trabajo y sustancias saludables nos costó. Cosas que importen: y si importan por trágicas y aterradoras, que así sea. Que lo que importaba no era eso. 
El río creció de nuevo porque toda corriente que se retira vuelve con más fuerza y ya disfruto de la adrenalina que me provoca la certeza de dolor. Porque es certeza, es tan cierta como que el otro día las chicas estaban perdidas; certeza absoluta porque no podía verlas y no había ninguna explicación posible. ¿A quién le parece posible la mentira? ¿A quién le parece posible que la vida vaya a derrubársele por pasarse un detalle por alto? 
Todo lo que el río vaya a arrastrar con él cuando baje de nuevo la corriente, tiene al lecho sin cuidado; porque el lecho sabe que, si bien el río se va y el lecho queda, el lecho en verdad, la tierra en sí, es arrastrada, y cuando el río se vaya, cuando te vayas o cuando digas que no volviste, que las aguas no vuelven porque son otras aguas; no soy yo, no es mi cuerpo, no es el lecho el que sufre la erosión.
Porque de mí tampoco, de esa mí no queda nada. 

25.2.15

Alertas

Con la lluvia entrando por todas las rendijas, y el viento amenazando con tirar los palos de luz contra las ventanas, el río llegando a las patas de la cama y el cielo más blanco y violeta que azul. Con todo eso la tormenta no consiguió ser, esa mañana, la primera cosa que se le vino a la cabeza. Todavía (me dijo), tenés más fuerza que el temporal. 
               

12.2.15

Nunca pudimos salir de Cachi

Escuchamos sobre la maldición apenas llegamos a Cachi, pero no le prestamos atención hasta mucho tiempo después.
Apenas bajamos del micro en el que llegamos dormidos, hicimos algún chiste sobre que todos los caminos terminaban en la plaza, y ninguno llegaba a una salida. Cuando preguntamos cómo llegar a algún pueblo cercano o al río, o dónde podíamos sacar un pasaje a Cafayate, nadie nos respondía, o nos decían que mejor nos quedábamos, que los caminos a pie eran muy largos y las rutas muy peligrosas.
Yo creo que la maldición ya nos andaba buscando, pero todavía no nos había caídos encima. Algo habremos hecho esa noche, porque ahí sí que cayó sobre nosotros.
Dicen que fue porque tres veces nos negamos a escuchar los consejos de los que sabían. Primero, un muchacho que tocaba la quena trató de advertirnos, pero como turistas tontos que éramos, nos burlamos de él.
Después quiso advertirnos el señor que nos daba hospedaje, pero sólo lo oímos hablar de hosteles en Cafayate, y nos distrajimos cuando nos advirtió sobre el pueblo y sus maldiciones.
Por último, para que cualquier viajero sordo tuviera que escuchar obligado las prohibiciones que los espíritus hacían en el pueblo, las gritaba en la plaza una coplera, en rima y acompañada por su tambor, pero de nuevo nos tapamos los oídos.
Tratamos de salir en bicicleta, pero el camino nos devolvió. Intentamos a pie, pero nadie pudo darnos unas indicaciones que no terminasen en precipicios sin salida.
Volvimos a consultar por los pasajes para salir en micro por la ruta cuarenta, y ahí fue que los pueblerinos, que hasta ese momento se divertían riéndose de nosotros, se apiadaron y con paciencia nos explicaron lo que pasaba.
―Cuando llega un distraído al pueblo, no escucha los mandatos de los espíritus, entonces les cae la maldición, y se quedan para siempre en la plaza, porque salir ya no pueden.
Miramos con ojos nuevos la plaza en la que esos días habíamos pasado la mayor parte de las horas, y los vimos. Pares de ojos por todos lados; en los árboles, en los bancos, en las hamacas y hasta en el suelo, de almas que no podían salir de ahí.
Alguien propuso escapar navegando por el río y hasta un par pensaron en los ovnis. Pero los ojos de los malditos, pegados a los faroles, a las ramas y a las piedras, dejaban claro que no había nada que hacer.
Ahora nos vamos acostumbrando a nuestro destino De día nos camuflamos entre las personas que se acercan a la plaza con el mate, con un helado o una guitarra; algunos del pueblo, algunos niños, algunos turistas.
Por la noche somos esos ojos que lo ven todo y que le dan al pueblo su aire amarillo de misterio.
De a ratos dormimos, y de a ratos pensamos teorías sobre qué hicimos para enojar a los espíritus y recibir esta maldición.
Algunos dicen que les cayó por reírse o fumar en el cementerio, por beber en la iglesia o por besarse delante de los rosales de la casa de una vieja solterona. Otros hablan de extraterrestres, y algunos dicen que el mal nos lo arrojó a todos la coplera que cantaba en la plaza, que se enojó porque nos burlábamos de ella.
Yo a veces coincido con la teoría de los ovnis y a veces con la de la coplera; pero otras veces, cuando veo nuestros ojos brillando entre los faroles, pienso que cada uno arrastró a este pueblo una maldición que traía de antes, o que la maldición fue una excusa para quedarnos acá.
A veces sueño que duermo y que viene la coplera y me dice que sí, que la maldición se la inventa cada uno, y que la mía era la de querer escaparme de todos lados, que mi alma se aprovechó de la plaza de Cachi para poder quedarse de una vez atornillada en algún lado.
Plaza de Cachi, de madrugada

La vida según el melón en la playa

A la playa no hay que ir sólo, o a la playa hay que ir por lo menos dos días. El primero para ver a una pareja que lleva un melón y un vino y prepara adentro de la fruta abierta un clericó, y el segundo para copiarse.
O en realidad tres días, porque en el medio hay que conqustar a alguien, algún turista extranjero, para tener a quién convidarle el melón; porque qué gracia tiene comerlo sólo.
O mejor una semana, porque esa cara de felices que querías copiarle a la parejita era de gente que se quiere, y no de unos amantes improvisados que se conquistaron ayer.
Pero para eso, mejor entonces un mes. Pero no tenemos tantas vacaciones, entonces mejor conocerse y volver el año que viene, y ahí sí, melón con vino para festejar el aniversario.
Pero a lo mejor, se te ocurre, lo más lindo de esa parejita era la ternura con la que miraban de lejos a los hijos que jugaban con un perrito en la orilla mientras ellos cortaban el melón.
Así que mejor volver en una década, y ahí sí vamos a poder parecernos a ellos; pero en una década quién sabe si voy a quererte, mirá si es mejor esperar, e invitarle el melón con vino a mi próximo amor.
Y así se nos va la vida, tratando de ser felices a la manera de otros, y el melón con vino nunca lo probamos.

11.2.15

Arroz de hostel (La vida según el arroz)

En el Hostel Wind de Moscú, Katya me dijo un día que si yo iba sola al almacén (porque ella no podía dejar de atender la recepción), me enseñaba a preparar un muy buen arroz, el mejor que hubiera comido. Ella tenía arroz y yo también, todos en cualquier hostel siempre tienen arroz de sobra, pero tenía que comprar ajíes (morrones, pimientos, pepper, pieretz... hasta en chino aprendimos a decirlo ese día), manteca, y algo más que no recuerdo, creo que limón o arvejas. 
Nunca volví a ver tanto arroz junto como en el hostel Wind, hasta ayer, en el Backpackers de Iquique. En el Wind, los chinos hacían arroz porque ya se sabe que los chinos comen arroz todo e tiempo; los hindúes porque uno de los tres que había no comía otra cosa que arroz seco e hiper picante hecho en una olla a presión que había traído desde su país en la valija; y yo hacía arroz porque se supone que el arroz es barato, aunque los chinos insistían en que ahí estaba carísimo, y porque sí, porque una argentina de viaje cocina arroz, aunque en realidad no le guste y aunque no tenga casi hambre y aunque no necesite cocinar porque los colombianos o Katya le cocinan siempre algo rico. 
En el Backpackers hay cuatro ollas gigantes y una pequeña de arroz burbujeando a distintos niveles de cocción. La olla enorme que puso una francesa está llena de arroz blanco ya muy cocido y sin nada de agua, se le está pasando pero espera que otro francés, de otra región, que conoció hace unas horas, termine de preparar una salsa con un zuccini. Cuando lo apaga es tarde, y se le va a pegar igual porque se sigue cocinando con su propio calor, y medio ella ya lo sabía, pero no lo apagó a tiempo porque se suponía que el amigo nuevo era el que sabía cocinar bien. 
Una parejita de argentinos que viene bajando desde Machu Pichu tiene una olla aún más grande que esa, llena con arroz a punto, pero demasiado grande para que dos personas acompañen cuatro milanesas de soja. Un mes viajando y no saben calcular el arroz para los dos, debe ser que es la primera ciudad en la que están muy cansados como para salir a comer afuera, o en la primera que no se hacen amigos para cocinar juntos, o que en Iquique de verdad el arroz es lo único accesible. 
No miré tanto los precios en el supermercado, pero hay una cuarta olla y no puede haber para eso otro motivo que lo barato que está el arroz, y lo caro que está todo lo demás. O lo caro que está el arroz y lo más caro que está lo demás. 
Unos mendocinos que se van hoy tienen ya listo el atún con tomate y choclo, pero el arroz todavía está crudo porque no lo echaron a tiempo. Pensaron en robarse un poco de un arroz ya hecho que parecía abandonado en la mesada, pero cuando las cosas no tienen nombre en un hostel no se puede robarlas, no se sabe si el dueño está mirando.
Si alguien tuviese ganas de ponerse pragmático o comunista, la francesa podría intercambiar su arroz con los salteños; y la argentina de la parejita cederle un poco de lo que le sobra a una alemana tímida, que espera para usar la cocina y que después de cocinar una humilde media tacita de arroz la va a poner en la heladera y va a esperar a que se enfríe para mezclarla con la ensalada y va a comer como a las doce de la noche. 
Si hubiese sabido, le hubiera ofrecido cocinar una misma olla para las dos, porque yo estaba antes y pensaba hacer lo mismo, al final me puse impaciente y no quise seguir ocupando la cocina, así que me comí, con la palta, el arroz medio crudo y todavía caliente. 
La heladera está llena de platos de arroz abandonados, pero la única vez que alguien osó tomar uno que no era suyo, no con mala intención, sino como un acto de justicia ante ese infierno de tiempos y cantidades mal calculadas, resultó ser el que guardaba para el mediodía siguiente un grupo de chilenas, que estaban cortas de dinero y por eso vendían pochoclo en la playa, y cuando notaron que alguien había tomado su arroz prestado se enojaron mucho. 
En el Wind el arroz se calculaba bien porque allá no eramos tan turistas, todos nos quedábamos como mínimo un mes, y la medida del arroz de Katya se transmitía como secreto de familia: dos tazas de arroz, para cuatro personas, cuatro tazas de agua y el tiempo de cocción era lo que demoraba en evaporarse. 
Ahí se agregaba la manteca y los ajíes de tres colores previamente salteados, con jamón en caso de que ninguno de los cuatro comensales fuera hindú. 
Hay dos tipos de personas, las que saben calcular bien el arroz y las que no. Todos van a irse del hostel de Iquique siendo aún de los segundos. Ni siquiera importa: conocí una vez una monja que calculó demás un arroz para treinta personas, y le salió para treinta pero para alimentarlos por dos semanas. Hubo que comerlo todo en una, porque nos íbamos y no se podía desperdiciar. 
Todos calculan por demás. Pero yo, hace unos días, cuando todavía viajaba con las chicas, calculé de menos. ¿Quién va a guardar en la memoria la proporción de arroz y agua para tres, si tiene que andar calculando cosas más importantes, como a cuánto está el peso chileno si el dolar lo compraste mitad ahorro/mitad en negro y el chileno lo comprás en la calle y el pasaje con tarjeta y se le suma el 35%?
Vista desde el hostel de Iquique. Como para perder tiempo cocinando.

Nada era en los días de Moscú más universal que el arroz. Podía seguir el huevo, pero estaba yo: la argentina que veía raro comer huevo en el desayuno. Los rusos comen huevo en el desayuno, los hundúes (exepto martes y jueves, y Krishna que era vegano) comen huevo en el desayuno, los brasileros también, las griegas también. Pero la argentina no sólo absorbe pasto con un palito, sino que el huevo en el desayuno le resulta extraño; que rara que es. Al final, empieza a desayunar omelette porque los colombianos le pegan la costumbre. 
En Iquique hay tiempo de pegarse costumbres de nadie, me quedo sólo dos días, además viajo a contramano y además a la noche me acosté por cinco minutos y me levanté al día siguiente. Además estoy chinchuda y perdí la mitad del último día recorriendo un shopping libre de impuestos y la otra mitad lamentándome de haber gastado un tercio de mis ahorros en ir con la corriente.
—Su arroz precisas agua —me dice un francés, el que hacía lento los zapallitos, el que todavía no terminó la salsa y tiene una amiga nueva esperando con una cerveza. 
Mi arroz está todo pegado al fondo de la olla, negro y le sale humo. Sólo una cucharada es comible, y hasta la una de la  mañana voy a estar refregando la olla. Me mato a reproches mientras despego con las uñas una tira apelmasada que deja en el fondo de la olla una marca negra con el dibujo de los granitos pegados: 
Ojalá hubiese socializado hoy con alguien para cocinar juntos; ojalá hubiese propuesto el comunismo de arroz cuando se me ocurrió. Ojalá hubiese prestado más atención las veces que me dijeron el tiempo que hay que dejar evaporar el agua después de hervir; ojalá a alguien se le ocurriera enseñar a calcular arroz para uno sólo. Ojalá hubiese comprado arroz Maggic que nunca se pega; u ojalá todavía hiciera el arroz de esa otra forma que aprendí en un campamento cuando era chica, que lleva más agua y después se cuela. Ojalá no me colgara pensando en los platos de arroz compartidos con personas que no están acá; ojalá fuera verdad ese mito de que se pueden dejar los mambos en otra parte cuando te vas de vacaciones.

29.1.15

Garganta

El mundo está lleno de gargantas del diablo, pero está tiene cuerdas vocales para cantarle al cielo.
Ojalá pudiera pararme allá arriba y a la vez quedarme acá,  para ver cuán chiquita soy.
Alguien canta de la Puna y del amor y afuera los micros pasan y vamos a perderlos tocando la guitarra, como pasaba en la última escena de esa película que una vez te conté.

24.1.15

Techos altos

Hay tanto silencio que los mosquitos se escuchan desde lejos. Yo quiero una casa así,  de techos altos, y voy a tener que importarla de otra época. Quiero una ventana que de a la calle desde la cama y que la calle sea así,  de pueblo. Pero hoy la tuve y aunque me quedé despierta no vi casi nada de vida. Pasó solamente una mujer, y tenía heridas remarcadas,  esas cicatrices oscuras que quedan cuando la herida todavía muy nueva se expone al sol.

Pueblo con helechos

Antes, las vidas eran más parecidas a un patio fresco con galería y helechos colgando. Con sillas de caño y tierra en el piso y un macetero de cemento con una de esas plantas de hojita de moneda que sólo crecían donde había abuelas. Los helechos son plantas de época. La plaza de este pueblo chico encierra porque no queda nada de pueblo en este chico. No me iría a dormir nunca. Alguna vez el cielo tuvo en casa estas mismas estrellas. Ahora hay que andar trepando en pueblos con helechos, hasta arriba de la colina del cementerio, en la que viven sólo los muertos, para verlas un poco. Y ya nadie quiere jugar a eso. Los juegos nuevos tienen las reglas demasiado claras, están demasiado lejos de esas escondidas en las que de repente valía esconderse en el balcón del fondo y de repente dejaba de valer.

21.1.15

Gramáticas

El chofer jujeño mira nuestros pasajes con el horario tachado y escrito con lapicera.
-¿Se han hecho dejar? -Nos pregunta, y me tiene que repetir porque no entiendo.
Si, "nos hemos hecho dejar". No nos dejó el micro, el micro estaba ahí esperándonos.  Tampoco lo perdimos nosotras, nosotras también estábamos ahí esperándolo. 
Nos hemos hecho dejar, el señor sabe muy bien;  que en realidad no nos queríamos ir, que tampoco nos animabamos a quedarnos, que nos hicimos las bobas e hicimos que nos abandone.
Como todos, como siempre.

3.1.15

Polémica navideña

Hace como cuatro días que la busco, pero no encuentro la frase que justifique por qué me gustan los fuegos artificiales; más allá del perro, del bosque, de la tragedia y del propio miedo que me causan. Los trato de justificar, incluso, a pesar de que un día me asustaron tanto, que pensé que de verdad se estaba terminando el mundo. 
O será, en realidad, que me fascinan justamente por eso.

30.12.14

Historia que casi no pasa

Cuando cuento que estuve en Rusia, hay una historia que casi siempre cuento primera. La historia de cuando me quedé sin casa. La conté tantas veces, que estoy segura de que algunos detalles son inventados. La anécdota básica es que me tuve que ir del hostel en el que vivía, y la organización con la que iba de intercambio me trató de encontrar casa, pero la que me encontraron me dio miedo. Era de un chico que dijo que quería hospedar a alguien, pero con la condición de que fuera una mujer, y que además no sea de China ni de India. Indignada, y después de comprobar que amigos de todos los países estaban de acuerdo con que era mala idea mudarme, dije que a esa casa no iba. Así que todos se pusieron a buscarme un hogar.
Terminé viviendo en la casa de Katya, una amiga que además era la recepcionista del hostel, y su amiga Alyona. Son dos personas hermosas que ahora, a pesar de la distancia y el tiempo, sigo considerando grandes amigas. 
Depende a quién le cuento la historia, hay detalles que a veces cuento y a veces no; como que las chicas compartían el departamento con dos señoras soviéticas que se negaban a aceptarme porque, la última vez que se había quedado alguien, habían terminado seis brasileros viviendo en su casa; o que, en realidad, hasta ese momento con Katya todavía no eramos tan amigas, pero me ofreció su casa porque en el hostel yo siempre lavaba los platos. A veces también exagero y cuento que pasé todo el día dando vueltas con las valijas por el metro, planeando formas de colarme para poder pasar la noche en la estación de Arbatskaya. 
Pero de todas las cosas raras que pasaron ese día, hay una de la que casi me había olvidado. Por algún motivo, es un detalle que no incluyo, cuando lo cuento, en ninguna de las versiones. Apenas había vuelto a pensar en eso hasta hoy. Justo unos segundos antes de que lo hiciera mi amiga Katya, otra Katya también se había ofrecido a hospedarme. Todos mis conocidos (algunos rusos, pero la mayoría colombianos, hindúes, chinos), estaban buscando un lugar para mí, y mi amiga Sasha, rusa, que no tenía lugar en su departamento, había convencido de ser mi host a Katya, una amiga suya de la universidad. La coincidencia era entendible porque casi todas las rusas se llaman Katya, Alyona o Sasha. A mi los tres me parecen nombres hermosos. 
Cuando Sasha me mandó un mensaje contandome que podía quedarme en lo de una amiga suya, sin dudarlo le dije que sí. Ella es muy correcta y perfeccionista, y me mandó un mensaje que me pareció muy gracioso, que decía algo así como que podía quedarme con una amiga suya, si no me molestaba que fuera desordenada, que tuviera para mí un no se qué en vez de una cama, que tuviera un gato, y que tuviera rastas. Apenas me lo dijo le respondí que sí y acordamos vernos las tres al día siguiente. Eso era un poco problemático, porque no tenía a donde ir esa noche, pero bueno, ya vería que hacer. 
Por diez minutos me imaginé como sería esa otra Katya;  esa chica desordenada y de rastas que era amiga de Sasha, que es tan detallista y racional. Me imaginé qué razones habría tenido para decir  que sí, de la nada, a la idea de hospedar desde el día siguiente a una desconocida. También pensaba que no había visto ninguna rusa con rastas en el mes y medio que había pasado en Moscú. Me empecé a imaginar las historias que iban a pasar en esa casa, con esa amiga nueva, con la que me iba a ir a vivir de repente, en las tres semanas de viaje que me quedaban. 
Pero no pasó nada de eso, porque alguien vino de la cocina a avisarme que me quede tranquila, que "nuestra" Katya ya había hablado con Alyona. Que habían convencido a las vecinas, y que me iban a estar esperando en Bedenjá en 40 minutos para llevarme a mi nueva casa. Así que ahora, a falta de una, tenía dos Katyas que me ofrecían un hogar. Ninguna sabía de la otra y ambas estaban esperando respuesta, así que decidí rápido: mejor Katya conocida.  Le escribí a Sasha que le agradeciera a su amiga, que ya no iba a necesitar su ayuda, porque al final podía quedarme con una amiga mía. Me mude esa misma noche. A la otra Katya, nunca la conocí.
Desde que me fui a vivir con las chicas pasaron un montón de cosas. Perdí unas entradas del Bolshoi, casi pierdo el pasaporte, me perdí en un universo paralelo yendo al supermercado. Charlamos mucho mezclando tres idiomas, nos hicimos muy amigas. Las señoras compañeras de piso, que primero no me querían, terminaron cocinandome millones de panqueques de despedida, que tuve que comer en cinco minutos porque hablando en un ruso cavernícola nunca pude explicarles a qué hora salía mi avión. 
Si decidía por la otra Katya; si contestaba en el hostel que no se preocupen, que no molestáramos a las vecinas, que mi amiga Sasha había arreglado para que me instale en lo de una amiga suya, nada de eso hubiera pasado. Esas historias que conté miles de veces y me siguen haciendo reír, hubieran ido a parar a algún lugar en el que están las historias que nunca sucedieron. 
Pero al mismo tiempo, en ese universo paralelo, de situaciones que no fueron, seguramente hay un montón de historias geniales, e incluso una amistad, que me perdí. Siempre me quedé con la intriga de saber como era la otra Katya. 
Hoy, casi un año después, Sasha subió una foto con ella a Instagram. La reconocí por las rastas. De fondo apenas se ve una habitación medio oscura, pero bien podría ser la que estuvo a instantes de ser mi casa rusa por casi un mes. 
Cuando me di cuenta de que era ella, me quedé mirando la foto un ratito. Tiene el pelo rarísimo, con rastas hasta la cintura pero que además están como cubiertas de hilos de colores; rojos, blancos, celestes, azules. La miré a los ojos, a través de la pantalla, y le pregunté si ella alguna vez había pensado en esto. En cómo hubiera sido ese enero, si la chica rara que viajaba sola desde Argentina hubiera aceptado instalarse a vivir con ella. 
No me contestó nada, pero me pareció que por un segundo se me filtró un recuerdo, como si viniera de otro planeta, de una noche caminando por Park Pobedy con una chica de pelo extraño, riendonos, buscando por el piso nevado alguna cosa importante que a mí seguro se me habría perdido.
El Kremlin atrás de unos árboles con luces de navidad. Enero o Febrero de 2014.

9.11.14

Todos los galpones

¿Te acordás la valijita esa de camping? El otro día la encontré. 
Andá a buscarla, está en el galponcito.
(ordena una tía).

Un día de noviembre, da igual si hubiera sido de marzo (no daría igual de ser diciembre o el mes de su cumpleaños), la señorita visita una casa, exactamente el fondo de una casa, porque la casa ya la ha visitado otras veces. En verdad el fondo también, frecuentemente, pero sólo ahora le pone atención. Ignora las 73 veces que hubo en medio (no significaron nada) y compara esta última, con una tardecita de algún año de entre 1994 y 1998, tarde que pasó en ese mismo patio, aunque a decir verdad era el patio de otra casa, pero los patios no pertenecen a las casas, sino a las familias que los habitan, y ellos se habían ido desperdigando por la ciudad y llevándose el fondo de la casa con ellos.

Busca la señorita similitudes y diferencias en los patios.

La enamorada de los muros se desprendió por su propio peso en lo alto y dejó un amplio espacio en el que se ve la pared ayer-allá blanca ahora-acá de color gris hongo. Si se toca, se cae un pedazo, quizás la pared no existe, es sólo polvo y raíz de enredadera esperando ser desmoronado por la manito ahora mano que no se anima a tocarla porque entiende su uña larga y pintada de violeta tornasol como la mayor de las amenazas a lo que queda de ella. 
Tres girasoles de esmalte sintético, que estuvieron alguna vez pintados y amarillos en la pared adyacente, ahora son un polvito amarillo sobre el suelo, y sobre la violeta de los alpes. 
La violeta hoy crece raquítica regada por el pis de los caniches. Un día creció violenta, alimentada del pekinés que descansa abajo de ella. Nadie vaya a recordar el trágico deceso de la primera mascota familiar. Y nadie vaya a notar que un caniche es la única cosa que puede ser más fea que un pekinés. Los perros, al final, son rasgos de época. 
La calesita de colgar la ropa fue el peor pero más tentador de los escondites, porque esconderse atrás de las sábanas te deja ver los pies, pero la sensación de envolverse en la sábana enorme, húmeda, blanca y con olor a jabón no puede resignarse para esconderse abajo de una mesa. La calesita sigue estando, pero ahora tiene cosas colgadas y es un macetero vintage. El reciclaje es tal vez más feo que una cruza de caniche y pequinés. Parece que todo lo que hubo no está más, o en todo caso perdió su esencia.

Se abre la puerta, la tumba el olor a galpón.

Que golpea y tira al suelo a cualquier alma distraída con la misma contundencia que lo haría una de las latas de pintura rancia si el estante se venciera y se le cayera a la señorita encima, o como si la escalera de doble hoja a la que siempre le quedó una sola perdiera el equilibrio al ser rozada por un pié. 
El olor del galpón es el mismo que el del otro galpón, el de la casa suya, la que no puede visitar porque vive adentro, y por estar tan cerca no puede notar como cambia. El olor del galpón es el único, inconfundible, olor de todos los galpones de esa familia. 
El olor a todo lo que tiran, a todo lo que esconden, a todo lo que ya no sirve y sobre todo a lo que se guarda porque algún día va a volver a servir, porque les costó mucho esfuerzo, y en el fondo porque le tienen cariño. Como un balde de la pintura verde agua con la que pintaron la habitación de la señorita en 1996, o la rosa viejo con la que decoraron la de su prima en 2002.
 El olor del oxido de los cadáveres de las sombrillas y las reposeras que los vieron odiarse amarse y gritarse en todas las localidades de la costa atlántica y del más allá, del verano en Brasil en el 98. El de la valijita de pesca que ese año no usaron. 
El olor al galpón es único e inconfundible y es sólo de ellos. Les pertenece. Porque aunque fuera el mismo de todos los galpones de todas las familias de todos los universos, aún así no lo sabrían, porque nadie puede, nunca, meterse en un galpón que no le pertenezca. Si alguien entra al galpón de otro, es porque ya se está metido en esa familia de cabeza, y los restos de sus vacaciones y sus reformas y de manteles reutilizados en todas sus fiestas de casamiento ya le pertenecen. 
Curioso le parece a esa señorita que el olor del galpón sea el mismo aunque lo que se entierra en él se acumule con descuido, y que el resto del fondo, la pileta el parque la enamorada, hayan cambiado tanto a pesar del esfuerzo y la constancia de que la apariencia continúe siempre igual. 
Piensa un ratito en la idea de que lo que no cambia nunca es lo que se deja crecer, y en cambio lo que quiere conservarse se desborda. Pero al rosal lo dejaron ser y se trepó a la medianera, se enamoró de los perros y después se secó. Y al limonero, a ese lo cuidaron con éxito.

Vuelve triunfal la señorita con la valijita que fue a buscar.

Con la sensación de que una caja de herramientas oxidadas se le cayó en la cabeza, pero con una rara certeza de refugio. De que en veinte años, haya sido lo que fuere, de la familia, de ella, e incluso de esas casas, va a tener siempre a donde volver. 
Porque hay cosas que cambian y cosas que no cambian y no hay ningún tipo de lógica que permita predecirlas, pero el galpón de la familia permanece: así sea que se lo lleve en una caja a algún extremo de Asia al que se vaya a vivir cortando todo lazo, el galpón se las va a ingeniar para instalarse en cualquier cosa a la que ella decida llamar casa, así como se instaló en el fondo de la casa nueva que construyó la tía. Así funciona. Uno se lleva un fragmento de la vida de la familia, que puede ser la valijita que la mandaron a buscar y ahora va a llevarse,  esa será su piedra fundacional. 
Todo lo que descarte y lo que acumule de su vida y de las que se entrecrucen con la suya va a tomar, tarde o temprano, el mismo olor a familia, el olor a todo lo suyo y a todo lo heredado. A lo amado y a lo odiado. A lo que quiere guardarse y a lo que quiere olvidarse, que termina siendo lo mismo y que convive en el mismo lugar. En cualquier lugar que ose llamar casa, alguna habitación o al menos un armario se las va a ingeniar para ser el galponcito, el mismo que estuvo en su casa de la infancia, en la casa de su tía, que estará en la de su hermano, que habrá estado en la de la bisabuela, que habrá venido de Italia y que seguramente, por más que lo intente, por más que cambie todo hábito y que limpie y se mude y ordene, no se va a extinguir con ella.

Quedate vos la valijita, lindo recuerdo

(sentencia la tía).

30.10.14

Mesa dulce

Los zombies están por todas partes. Este sábado los vi en el cumpleaños de mi prima. No eran como en las películas: su estado no era irreversible, y su ropa no chorreaba sangre. Al contrario, eran imperceptibles y estaban elegantemente vestidos. Se camuflaban tras reglas de cortesía que lo hacían ser, (y no solo parecer), personas felices. Comían, bailaban, charlaban. Eran tan lindos que combinaban con la decoración, conformada, entre otras cosas, por una mesa blanca cubierta de golosinas decoradas con etiquetas de color rosa.

El primer indicio de que la horda zombie atacaría fue la mesa dulce. A la primera señal de que los postres ya estaban sobre ella, todas las actividades se suspendieron y todos se pararon a luchar por el mejor lugar en la fila. Quien ganara la competencia se llevaría el bien más codiciado, los brownies de chocolate. Los que no estuviesen a la altura deberían conformarse con un poco de mouse o tarta de frutillas. Lentamente volvieron a sentarse y retomaron sus actividades.

Pero aún quedaba otra mesa. No era a simple vista tan deliciosa como la mesa dulce. Además, después de comer tanto, nadie necesitaba caramelos. Eso parecía. La fiesta transcurría alrededor de la mesa de golosinas ininmutable, cubierta de chupetines y pochoclos con etiquetas rosas y blancas, que nadie deseaba. Hasta que a alguien se le ocurrió preguntar si ya podía agarrar un chupetín en forma de corazón. Y ahí se convirtieron en zombies.

Las masas de vestidos largos y traje se levantaron corriendo a competir por el mejor paquete de gomitas y por la mayor cantidad de pochoclos. No importaba más nada, el único deseo de todos era comer, gomitas. O al menos juntarlas. Con la ropa desaliñada y los brazos llenos de golosinas, algunos iban saliendo y se refugiaban con los tesoros obtenidos, escondiéndolos de los demás. Ya nadie necesitaba hablar. Ya nadie quería otra cosa. Los zombies sólo necesitaban azúcar, y con este acto terminó la fiesta. Creí que yo no formaba parte de ellos. Hasta que me descubrí abriendo un discreto pero rosado paquete de tic-tacs.

7.10.14

Pregunta de parcial

Defina mediaciones:
"Proceso de socialización de los consumos culturales por el cual alguien que no vio ninguna película de disney igual puede sufrir por los valores de sus ideales románticos, porque alguna compañerita le contó ocho mil veces la cenicienta en el patio del jardín de infantes". 

25.7.14

"El colectivo tiene una maña"

Ventana de micro I (temblar de frío)

Nuestro ser (nuestro) podría ser: una compra-venta de almohadones de diseño, o una mano desempañando un vidrio para ver el río, o un manojo de cartas por correo descontextualizadas de la época o una lágrima en un cenicero de chapa (por veinte años maltratado). Pero (yo) no sé ser más que aquellas cervezas ya pagadas (ya apagadas),
a menos que una palabra me pase a buscar.

Ventana de micro II (temblar de miedo)

El alma no es (quizás) más que otro cuerpo, tal vez ese que usamos en los sueños, y como tal, también cicatriza; a veces con marca y a veces sin; y a veces hay caricias que son Aloe Vera y desdibujan heridas cerradas y marcadas, indelebles a la medicina y paganamente atacadas. 



6.7.14

Kropotkinskaya


Kropotkinskaya es una paradoja porque hoy es un lugar remoto, una estación de Metro de Moscú que es uno de los puntos del mundo más lejos de mi casa, que tiene unas luces navideñas de bandera rusa (que quizás ya ni tenga), 3 o 4 negocios de flores, celulares y quebab, un suelo eternamente patinoso y un montón de apariciones en los recuerdos del grupo de desquiciados que eramos en Enero. Pero en esos días era como mi casa, porque si me preguntaban yo decía "Yo vivo en Kropótkinskaya", y es como uno de los lugares que más conozco en el mundo, porque durante un mes y medio, hasta que me fui a vivir a VDNH, pasaba por ahí todos los días 3, 4, 5, 6 veces del hostel para allá. A la mañana para ir a las escuelas cuando todavía faltaban horas para que sea de día. A la tarde para ir a un museo, a un parque, a caminar. A la noche para ir a comer. A la nochecita para ir a tomar una cerveza a SPB. A la madrugada para correr el subte antes de la 1 y salir a bailar. A las 5 y cuarto volviendo en el primer tren. Yo y muchos más, ellos que ahora andan en sus respectivas partes del mundo pero que se deben acordar, como yo, de cada baldosa, cada vidriera, y cada risa y grito de esa estación.


Nótese la inscripción entre mi bota y el tacho.

14.4.14

Perdida en Rusia III. La shisha y la foto de la discordia.

A veces no es una buena idea subir una foto a Facebook. Probablemente nunca es una buena idea subir una foto a Facebook, pero aquí estamos, un beso a Bifo. Pero mucho menos si tu principal seguidora es mamá, a trecemil kilómetros, y en la foto estas fumando algo. No importa qué. Pero a veces unos amigos asiáticos nuevos, muy fans de la carga móvil, se ponen a jugar a hacer fotos que imitan escenas de películas y te agarra un ataque de alta autoestima... Son cosas que pasan. 
A madre le pareció muy perturbadora la foto del narguile. Incluso cuando ya había visto otra que no la había escandalizado, cuando mi hermano ya había hecho un chiste sobre fumar ensalada de frutas, y cuando muchos parientes habían puesto Me Gusta. Caos, destrucción, madre desesperada con una preocupación nada fingida en otro continente, mientras me levantaba a las 5 y media de la mañana para volver a la escuela. Madres son madres. 
Sólo había una forma de calmarla, explicarle que no tenía nada. Abajo agua fría con frutas, arriba un carbón, se condensa el agua, se inhala el vapor. Para mí era verdad. Para el resto del mundo, me enteré después, lleva tabaco en alguna parte. Según un artículo que me compartió un amigo, no sólo tiene tabaco sino que el carbón es muy nocivo. No sé. Mi inglés deficiente puede hacer que a veces fume cualquier cosa. De todas formas, si algo es malo para la salud, son las papas y los huevos fritos.