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26.8.11

Perderse


La chica sin nombre se despertó una noche sin haber dormido. El día sería más largo de lo esperado, porque empezaría esa noche y no terminaría nunca. Debajo de la cama estaban sus botas azules, las que usaba para no ir a ningún lado. Subió en ellas sus pies, abajo estaba el piso que se empezó a quedar atrás.
Alguien la esperaba hoy, o la esperaba un mundo. “Cada persona es un mundo” pensó, porque cada persona ve en este lugar, material pero invisible, un universo diferente que se le aparece solo a él. De todas formas, el mundo que la esperaba hoy parecía en un principio bastante sólido y real.
Tropezó la frontera de la puerta y se le cruzó una vereda de lo más normal, llena de pies que se esquivaban con sus pies, papeles que volaban y todas esas cosas. Cruzó una de esas calles con nombres de personas que jamás las pisaron y se preguntó si ese hombre que había respondido a ese nombre habría sentido alguna vez que no sabía para donde iba, porque una cosa era que le pase a ella, y otra era primero perderse y después convertirse en calle para que otro se pierda en vos.
Siguió caminando por encima de ese hombre hasta que en la esquina se cruzó con un país que quedaba un poquito más arriba en el mapa que el suyo y siguió por ahí.  Miró con una nueva curiosidad las cosas que veía todos los días. Las rejas delante de las casas, de los balcones y de las ventanas. Los vidrios detrás de las rejas y las cortinas detrás de los vidrios, y de todas formas se podía adivinar siempre lo que había tras las paredes: Mesas, sillas, cocinas, lavarropas, camas, alfombras y actores desempeñando sus papeles en la rutina. Cerró los ojos y avanzó adivinando el camino, se tropezó y se lastimó las rodillas.
Se levantó y recuperada del golpe tuvo ganas de correr. Aumentó la velocidad con una mano extendida rozando la pared como hacen los chicos. Se rayó los dedos con las piedritas y revoques hasta que le dolieron, y de repente una pared faltaba. Pasó dando saltitos a esa habitación, caminó por encima de una mesa rodeada de sillas esquivando un florero, dos platitos y una taza de té, pero pisó un vaso y lo rompió. Se escapó por la ventana con algunos vidrios clavados en el pie.
Del otro lado había una avenida.  Carteles y bocinas, ruidos y personas, ruedas y motores, puertas que se abrían y se cerraban escondiendo a la gente y dejándola visible otra vez, autos, colectivos y personas que transitaban las calles sin ver. Caminó infinitas cuadras iguales, subió en colectivos y volvió a bajar, fue para un lado y para otro, entró en edificios, subió escaleras, bajó por ascensores, salió de nuevo, volvió a las calles,  pasó las horas. Se olvidó de preguntarse de donde venía y para dónde iba, se limitó a avanzar y elegir el camino sin pensar. Se olvidó de la persona que la esperaba esa mañana, a lo mejor se cruzaron y ella distraída no lo notó, tal vez la acompañaba sin que ella lo registre o quizá el también se había perdido por el camino.
La noche empezó a caer sobre el día gris y las luces empezaron a prenderse, las personas se multiplicaban, los ruidos se potenciaban, las ruedas se apuraban y ella dobló en una esquina.
Trajes, botas, tapados y sombreros avanzaban hacia ella calzados en esas personas que caminaban sin ver y sin pensar, eran como un ejército de robots, cada uno cumpliendo con su papel de forma automática, caminando hacia ella con furia y a punto de embestirla.  Los esquivó cuanto pudo pero no pudo evitar los choques y las sacudidas, golpes y tropezones. Se fijó en algunos de los soldados, cada uno era la ropa que llevaba puesta: La chica del gorrito, el nene de la campera gigante, la señora de tapado y medias, el hombre de la boina, el chico de la mochila que dice París. Al final, golpeada y cansada, optó por dejar de prestarles atención. Caminó sin mirar como hacían ellos, pero aunque lo intentó jamás dominó ese arte de no chocarse como por arte de magia.
Todo eran luces y colores. El suelo estaba tapizado de trapitos estampados con una triste variedad de diseños monótonos, y de tanto en tanto algún animalito de plástico con una risa siniestra burlándose de ella. Y a los costados todo eran puertas y vidrieras que prometían mundos alegres y  coloridos como si tanta estridencia no lastimara. Detrás de las cárceles de vidrio, esos payasos sin vida, congelados, disfrazados de mujeres perfectas. Levantó la vista y escuchó las irónicas palabras de los carteles de la calle: “Única”, “disfrutá”, “Mística”, “Iluminación”. 
Por curiosidad cruzó uno de los portales. Adentro el mundo estaba detenido, las reglas eran otras, el orden y la clasificación por tamaño y color eran la máxima y única prioridad. Actores y actrices recibían a los pocos viajeros que se animaban a quebrar su marcha inconsciente para cruzar esas puertas, los entretenían, les mentían un rato, a veces les cambiaban el humor para bien o para mal, intercambiaban algún color o sabor por algún número y los devolvían a la marea de gente, dispuestos a seguir con su papel en esa gran máquina. No se pudo resistir a alterar ese orden fingido. Tan rápido como empezó a desordenar el patrón de colores y actuar sin seguir las normas, los actores vinieron tras ella. Se escapó corriendo y se perdió otra vez entre la multitud, caminando contra la corriente. Sus captores se perdieron entre la gente y ella siguió avanzando, un poco más rasguñada.
Desde una gran fotografía verde una bailarina le tendió una mano y la invitó a entrar a su cartel,  a girar con ella en un remolino fresco y con sabor a menta, elástico y artificial. Sintió como empezaba a congelarse, como si un millón de agujas se le clavaran bajo la piel,  y advirtió el peligro de volverse blanca e inmóvil como la lúgubre bailarina que seguía tendiendo su mano a los distraídos que la aceptaran, saltó  y calló con fuerza al suelo, rozando una reja mientras caía, arrancándose la piel con el roce.
 La calle terminaba, se doblaba para abajo y más allá estaba el vacío, se rompía como un acantilado. Pegó la vuelta y detrás de ella ya no estaba lo que había un instante atrás, ahora la calle era un río de cables de colores enredados, por los que tenía que correr haciendo equilibrio. Las esquinas eran como agujeros negros, inciertos y sin retorno.  Sobre ellas colgaban entramados extraños, como unas telas livianas y fluorescentes,  en las cuales se enredaban siluetas humanas en una danza alucinante, como sombras de acróbatas. El final de cada camino era indicado por malabaristas sin cuerpo que dibujaban figuras de fuego en el aire: puentes, puertas, teléfonos.
Se sintió atraída por uno de esos remolinos oscuros, que resultó ser un túnel infinito. Descendió cada vez más, el calor se hacía más y más insoportable, ardiéndole en su cuerpo todavía congelado. Allá en las profundidades se acababan los colores, ahora todo eran ruidos. Murmullos, tintineos metálicos, gritos, aullidos y melodías se mezclaban como una orquesta siniestra. En conjunto se oían como un fuerte zumbido. Se hacían intensos e insistentes y de repente se volvían inaudibles, se perdían en un estruendoso traqueteo mecánico.
Cuanto más avanzaba y descendía, más fuerte y estrepitoso se volvía el traqueteo. Continuó el descenso hasta un túnel por debajo del túnel. Ya no había otras personas. El zumbido ensordecedor ahora se escuchaba más lejano y le pareció que de algún lado se escapaban las notas de una canción, mezcladas con el repicar de una campana. El traqueteo se hizo menos intenso hasta que con un golpe desapareció. La única luz que brillaba en el túnel se apago, y ella quedó sumergida como en un trance, un sopor. Sintió una mezcla de olores que no había notado antes, una combinación de dulce y agrio irrespirable en ese aire denso y caliente. Le pareció distinguir en la oscuridad la mirada de una criatura que la observaba con una mezcla de paz y resentimiento desde lo más profundo del túnel. Se perdió en esa mirada y sintió una tristeza desgarradora y un pánico incontrolable. Notó como se le ataba un nudo de angustia en el medio del pecho y se quedó detenida en el tiempo, mientras una corriente de lágrimas cálidas inundaba  su cuerpo. Permaneció rígida y sin respirar hasta que con otro golpe seco el traqueteo volvió a comenzar, la luz sobre su cabeza se encendió de nuevo y el mundo se volvió a mover. El mismo sonido mecánico la arrastró durante largos minutos por el vacío con una fuerza violenta hasta que se detuvo otra vez, dejándola estrellada contra una pared. Pasaron momentos eternos hasta que logró controlar su maltratado cuerpo. Al fin consiguió elevarse y salir del túnel. Respiró el aire helado y gris como si fuera la misma luz del sol, estuvo mejor solo por un instante, miró a su alrededor y se volvió a sentir mareada y pesada.
El camino era de nuevo una maraña de cables de colores eléctricos, avanzó aterrada, con el nudo de angustia tensándose cada vez más, tironeándole ya todo el cuerpo, desde la mente hasta los pies. Avanzó tratando de seguir los senderos de diferentes colores, todos se cruzaban, giraban y volvían a los mismos lugares. A veces estaban bloqueados por rejas negras, otras por fuego. Hasta le pareció ver unas criaturas, bestias protectoras, al final de los recorridos más largos. Otros caminos parecían libres de peligros hasta que desembocaban en abismos incalculables o remolinos de viento negro.
En algún instante, después de haber perdido la noción del tiempo, decidió dejar de pensar. Se dejó llevar y se limitó a deslizarse por un cable intensamente azul, cayendo vertiginosamente hacia la nada. La senda se bifurcó en tres. Una de las opciones era una puerta, y solo por el hecho de ser puerta tenía que tener atrás una de esas calles negras llenas de ruedas, veredas y casas. Empezar de nuevo, cambiar de mundo y volver a hundirse en un universo igual, gris y lleno de calles con nombres de persona y personas que nunca la esperaban en la calle en la que tenían que estar.
Otra era un túnel del todo negro. Era una promesa de oscuridad y soledad eternas, nada más que decidir y nada más en que pensar, el silencio y el fin. Vió algunos destellos en la oscuridad, era lo más parecido que podía imaginar a la paz.
Y la tercera era otra de esas encrucijadas de cables de colores,  trampas de fuego y monstruos alucinantes, pero con tonos y detalles muy diferentes al que venía recorriendo. Era un infinito mundo de posibilidades sin sentido para enroscarse y perderse más.
Con esas posibilidades delante suyo, recordó  que la perturbaba la libertad. Se dio vuelta y quiso volver a la maraña de cables por la que venía, pero cuando giró apareció delante suyo la calle y la simple posibilidad de volver, subirse de nuevo a su mundo y seguir andando.
Y ahora sí. Eso era estar perdida, miraba para adelante y podía describir todo lo que veía, pero eso no es saber dónde estás parada. Nada tenía sentido, todo en ese lugar eran imágenes desconectadas. Todo en esa vida eran imágenes desconectadas. Si daba un solo paso de nuevo en ese mundo, que era su propia vida, volvía a lo de siempre: caminar y caminar sin que nunca cambie nada, correr dentro de la rueda de un hámster. Y si daba un paso para el otro lado, ya no sabría como volver.
Y en su indecisión ese camino también desapareció. Se sumergió en una noche azul poblada de constelaciones como de neón que marcaban un sendero sin sentido. Siguió ese camino pensando que era seguro porque lo marcaban las estrellas. Pero con el correr del tiempo y de sus pasos tomó conciencia de la infinitud de esa ruta, y desde el nudo interior que aún la tensaba brotó una corriente de desesperación. Corrió y corrió presa de la locura hasta que le dolió cada uno de sus músculos, se desgastaron sus huesos y se consumió hasta la última gota de su energía. Se desmayó y la atajó una lluvia densa que la arrastró con violencia amortiguando la caída. Chocó con un estruendo desgarrador contra una cortina de viento helado que la dejó tirada a un costado de un camino galáctico. La recorría un rayo de electricidad que con una inercia insoportable y sin seguir ninguna regla que no sea la ley de la gravedad la arrastró hasta un paisaje que parecía de otro planeta, de arena azul, arremolinada y dispersa, que formaba montañas bajas y valles blancos. Su cuerpo se desplomaba y se pegaba al piso, una radiación azul la atraía como una fuerza magnética.
Vio su cuerpo tirado sobre ese suelo, lastimado, golpeado, medio desarmado, sintió el dolor que había acumulado durante todo el viaje sin prestarle demasiada atención. Se concentró en los cortes y raspones, respiró y se sintió lejos de ese cuerpo y de ella misma. Quiso volver, quiso moverse y no lo lograba, ya no se acordaba como controlar los músculos del cuerpo, cómo seguir con él las órdenes de su mente.
Con un último arranque de fuerzas salidas de la desesperación, se elevó y miró desde arriba el laberinto en el que se había perdido. Desde la distancia y entre la neblina del mareo, le pareció que el laberinto tenía las formas de los laberintos un cerebro. Trató de pensar, si es que todavía era alguien y todavía podía hacerlo. ¿Su mente se había vuelto un laberinto y se había perdido en ella? ¿El mundo era un laberinto de locura y se había perdido tratando de comprenderlo? ¿Pero no la esperaba un mundo esa mañana? Ya ni se acordaba, ¿Quién era esa persona que la esperaba a la mañana? “Cada persona es un mundo”, recordó, ¿En qué mundo se había metido? Se acordó, y entendió. Se hundió satisfecha de haberse perdido donde quería. Se perdió para siempre en una locura ajena. 

25.4.11

Un cuento. (Porque siempre va a ser mejor hacer la tarea de taller que estudiar historia.)

(Me ahorro el título feo que le puse por obligación.)


Como todos los Lunes, Lucía se levantó a las 6 de la mañana y desayunó un café con dos tostadas. Regó las plantas, se bañó, y se vistió para ir al trabajo. Se cortó un poco el flequillo que ya le tapaba los ojos, y salió apurada hacia la parada del colectivo. Se puso los auriculares, esperó diez minutos el 96, consiguió sentarse, cerró los ojos y se durmió. 50 minutos después Lucía se bajó del colectivo, caminó 3 cuadras y entró a la oficina en la que trabajaba. Saludó a sus compañeros con la mano,  se ubicó en su puesto, y  se puso a trabajar. A la hora del almuerzo, Lucía fue sola a un local de comidas rápidas. No salía a comer junto con sus compañeros, detestaba las conversaciones banales y las discusiones sin sentido que tenían lugar en esos almuerzos. En el baño del local, Lucía notó que tenía el pelo más largo de lo que recordaba, seguramente hacía mucho que no le prestaba atención a su imagen, porque no había notado que le llegaba casi hasta la cintura. Se lo recogió en una colita y volvió a su puesto de trabajo. Trabajó hasta las 6 de la tarde y volvió a su casa. Pasó el tiempo leyendo, cenó y se fue a acostar.
El martes Lucía repitió su rutina de todos los días. En el horario del almuerzo notó que su pelo estaba aún más largo que el día anterior, se sorprendió de lo rápido que crecía. De todas formas hacía mucho tiempo que no se lo cortaba,  era hora de ir a la peluquería. Pensó en pedirle a alguna amiga que la acompañe, pero hacía tanto que no llamaba a ninguna de sus amigas… Salió del trabajo y en lugar de ir a esperar el colectivo a la parada habitual, empezó a caminar, buscando un lugar donde cortarse el pelo. Entró en la primera peluquería que encontró, y pidió que le corten el pelo a la altura de los hombros. El peluquero, fiel a las características de su oficio, comenzó a hablar sin parar. Que era una lástima con tan lindo pelo y tan largo que se lo corte tan corto, que cuanto tiempo hacía que no se lo cortaba como para que le llegue ya casi hasta las rodillas, que si no quería mejor hacerse un desmechado. Lucía le contestó con un simple No gracias.
_Este corte te va a quedar precioso, le va a encantar a tu novio._ Insistió el peluquero.
_No tengo novio._ Le contestó Lucía secamente.
_Ah, ¿Querés hacer el cambio de look para conquistar a alguien?
_No.
_Bueno, entonces querés ser la envidia de todas tus amigas…
El peluquero siguió intentando entablar una conversación con ella, sin éxito. Lucía volvió a su casa bastante tarde, aturdida del peluquero y un poco perturbada; las preguntas entrometidas del hombre la habían hecho pensar en lo aburrida que era su vida últimamente. Se acostó temprano sin cenar, y se durmió enseguida.
El miércoles Lucía se despertó otra vez aún cansada, y sin ganas de trabajar ni de hacer nada, como cada día. Se sorprendió un poco al ver su reflejo en el espejo luego de bañarse, le parecía que ya no estaba tan corto y prolijo como el día anterior. Fue con desgano a la oficina, llego tarde, ni siquiera saludó a nadie, se sentó y empezó a trabajar. No salió a almorzar. La tarde pasó muy lenta, cada segundo le parecía un siglo, y cuando al fin estuvo en el colectivo, se sorprendió de que su flequillo estuviera tan largo que le tapaba los ojos. Se corrió los mechones, apenas podía ver por donde iba. Cuando llegó a su casa y se miró en el espejo, no pudo creer que ya ni se notara el corte del día anterior. Esa noche se acostó pensando que su pelo estaba descontrolado, y la asaltó un miedo exagerado, cualquier cosa que saliera de su control en su pequeña vida la alteraba. No se podía dormir, daba vueltas en la cama, sentía su pelo ya más largo que antes del corte desparramado por toda la cama, dándole calor, y el flequillo fuera de control tapándole la cara.
 A la mañana siguiente su pelo ya casi llegaba al piso, se pasó un buen rato intentando hacerse un rodete, se hizo una larguísima trenza que enrolló sobre su cabeza como un turbante. Le preocupó que su aspecto, entre ese peinado y las ojeras por no haber dormido en toda la noche, pareciera un poco ridículo, creyó que algunas personas por la calle y en el colectivo la miraban raro, pero en el trabajo nadie pareció notar nada extraño. En realidad nadie pareció ni siquiera notarla a ella. Pasó nerviosa la mañana, sintiendo que su rodete era cada vez más grande y ridículo y estaba a punto de desarmarse. Al mediodía se encerró en un baño atormentada por su desbocado cabello que como si tuviera vida propia estaba soltándose de su peinado y fluía como una catarata que se arrastraba por el piso. Se quitó un pañuelo que llevaba en la garganta y se lo puso como si fuera un turbante, volvió a su puesto de trabajo preocupada por el envoltorio multicolor que tenía sobre la cabeza y rogó que las horas pasen. Ya en el colectivo hizo piruetas imposibles para lograr sujetar el trapo sobre su cabello, que se cernía como un enorme casco a punto de explotar. Cuando llegó, exhausta, lo soltó y dejó libre la masa de pelo que la tapaba por completo, le tapaba también la cara y se arrastraba por el suelo, como la cola de un lúgubre y pesado vestido de novia. Llegó como pudo, con los ojos tapados, a la cocina, tanteó las tijeras  y comenzó una lucha silenciosa. Cortó con desesperación mechones de más de tres metros de largo, los arrojó con furia al suelo, pasó más de dos horas cortando y en la desesperación arrancando los pelos que brotaban furiosos de su cabeza. Afeitó su cabeza con una navaja, y cuando estuvo completamente calva, ya entrada la madrugada del viernes, creyó haber ganado la lucha y se acostó a dormir. Se durmió profundamente con el cansancio de los últimos dos terribles días encima.
 Pero solo dos horas después sonó el despertador. Se desesperó cuando notó que su cabello estaba comenzando a crecer de nuevo. Pero por otro lado se sintió aliviada, era mejor tener nuevamente esta melena corta que ir al trabajo rapada. Se ahorraría preguntas y explicaciones. Durante el día no dudó en cortar a cada rato los mechones que crecían a un ritmo vertiginoso, se mantuvo tan ocupada manteniendo su cabello a raya para que ni un solo cabello llegue a la altura de su cintura, que al final de la jornada laboral no había hecho ni un cuarto del trabajo que tenía pendiente. A las 8 y media de la noche, Lucía seguía en la oficina, se  debatía entre intentar terminar con su trabajo y arrancarse los cabellos que crecían a cada segundo; ya no daba a basto con las tijeras, se arrancaba dolorosamente los mechones enteros de raíz y al segundo ya tenía otro mechón rozándole los pies. Derrotada, se fue de la oficina a las 12 de la noche. No había llegado a la mitad del trabajo, el lunes se las iba a ver con su jefe… Y ya había salido el último colectivo. Arrastrando una cola de 5 metros y medio de cabello enredado que no lograba recoger, caminó y caminó toda la noche. Le hubiera gustado pedir ayuda, pero estaba demasiado avergonzada como para hablar con un desconocido, y no tenía a nadie que pudiera llamar a esas horas de la noche. Sus amigas apenas se acordaban de ella, con su hermana hacía meses que no hablaba más que por mensajes de texto para ver si estaba bien, no se llevaba bien con ninguno de sus compañeros de trabajo y no salía con un hombre hacía casi un año. Buscó calles poco transitadas para que nadie la viera y arrastró su larguísima cortina de cabellos por las sucias veredas de Buenos Aires.  Llegó a su hogar casi al amanecer. Incapaz de meter su cabellera en el ascensor, subió los 6 pisos por escalera, y cuando logró entrar a su departamento, el final de sus cabellos aún estaba en la vereda. Los  mechones que podía cortar con las tijeras no compensaban los que crecían a cada segundo. Tuvo que arrastrar la larga alfombra castaña que caía por las escaleras, y cuando logró meterlo todo dentro del departamento, cerró la puerta con llave y se largó a llorar. Pasó la tarde y noche del sábado llorando por haber perdido el control de su vida por algo tan ínfimo como el pelo. Amaneció el domingo y Lucía siguió llorando mientras su cabello brotaba de su cabeza con la misma fluidez que sus lágrimas. Ahora ya no lloraba por el pelo; lloraba porque estaba sola,  porque no tenía a nadie a quien contarle sus problemas, lloraba porque ya no se acordaba el teléfono de su hermana, porque ni uno de sus compañeros de la oficina le había hablado en toda la semana ni le había preguntado si se había cortado el pelo o aunque sea comentado que tenía un peinado muy extraño para que ella pudiera confesarle la tortura en la que vivía desde el comienzo de esa semana; lloraba porque a nadie se daba cuenta si ella estaba cambiada y porque a nadie le importaba que estuviera siendo tragada por su propio cabello. A las 7 de la tarde del domingo su cabellera la tragó por completo. Lucía desapareció para siempre bajo una montaña de metros y metros de cabello enrollado que la aplastó.
Nadie notó su desaparición hasta la mañana del lunes, cuando su pelo, que no se decidía a morir con ella, desbordó por las ventanas y por debajo de la puerta, y corrió por los pasillos, por las escaleras, y por las calles enteras, y comenzó a estorbar las rutinas de los vecinos ansiosos que se encontraban con una alfombra castaña que les impedía llegar a tiempo a sus empleos en esta semana que recién comenzaba.
Cuando el martes por la mañana la policía tiró abajo la puerta del misterioso departamento del que brotaba el pelo, y los vecinos curiosos desenredaron la enorme montaña de cabello oscuro, debajo de ella, no encontraron nada. 

16.4.11

Fin


Día 133 (Día 140 del año de Ato)
Me estoy muriendo de hambre. Ya no me dan  alimentos, solo me arrojan más y más flores de Endocann. Tengo claro qué, probablemente, sea una especie de droga que comenzará a hacerme olvidar, o delirar, y terminaré como Úrsula y como los demás. Pero ya no resisto a la tentación. Tengo tanta hambre y tanta sed… Y las flores están ahí, rosadas y húmedas… Tengo 7 días para escapar, o se irá la nave, y estaré perdido para siempre.

Día 138 (Día 145 del año de Ato)
No tengo más esperanzas de escapar, no tengo más energías, no se como todavía estoy vivo, solo puede ser porque los días aquí son más cortos. El año de Ato termina en 3 días. ¿Y si su promesa es verdadera? ¿Si como la flor y soy libre? 

Día 192 del año de Ryu.
Úrsula dice que este cuaderno era mío. ¡Qué cosas tan raras que dice! Mejor que Riya no lo vea. Soy tan feliz, esta semana llegan visitantes. Vamos a preparar un gran banquete. Soy tan feliz, quiero tanto a Riya. Pero que cuaderno más raro este, qué papel tan blanco, parece de otro mundo. Voy a usar las hojas que le quedan libres para escribir mis mayores momentos de felicidad en la vida. Pero ahora no puedo hacerlo, ¡Estamos tan ocupados con el banquete!
Fin.

14.4.11


Día 130 (Día 137 del año de Ato)
No logramos escaparnos. Lo hicieron, la convirtieron. Úrsula simplemente no quiso irse conmigo. No me ignoraba como los demás, pero me dijo que teníamos que quedarnos ahí, que este era nuestro verdadero hogar, y una serie de delirios.  Traté de convencerla de todas las formas posibles, y como no lo lograba, intenté llevármela por la fuerza. Logré llegar arrastrándola hasta el exterior del edificio, pero cuando estuvimos afuera, apareció la muchacha, por llamarla de alguna manera, que me encontró y me trajo hasta este lugar. Tampoco ahora, que me descubrió intentando escapar, fue violenta. Le dijo algo a Úrsula, y ésta empezó a hacernos de traductora de chino a español, como si ella misma no fuera parte de la conversación.
Me dijo que la muchacha decía que yo era libre de irme cuando quisiera, pero antes debía probar su flor nacional, el Endoncann. Le dije que de ninguna manera oprobaría nada. La muchacha me ofreció la flor, era más bien un fruto. No parecía demasiado diferente a los alimentos que me daban todos los días. Sin embargo, no podía creerme la historia de que me harían libre si comía esa flor. Intenté preguntar por medio de Úrsula porqué querían que coma esa flor, pero no lograron explicarme nada. Le respondí que no, y a muchacha entendió mi respuesta. Gritó, y en un segundo aparecieron otros tres endólicos. Me sujetaron de brazos y piernas y me arrastraron. Úrsula me siguió sin oponer nada de resistencia. Intenté forcejear pero era inútil, son muy fuertes. Entonces Úrsula me transmitió un último mensaje. “Riya lo lamenta, pero si no comes, Endocann, no hay más comida.” Me encerraron otra vez, esta vez me arrojaron en una fosa. Solo puedo agradecer que no me hayan quitado el cuaderno. Pero estoy a muchos metros de profundidad y no hay nada de lo que pueda agarrarme.  No encuentro forma de salir, estoy muy, muy cansado.

Continuará

Faltan 3 días cortitos, y me dejo de hablar de marcianos que no son marcianos. 

13.4.11

Todavía no termina.


Día 111 (Día 118 del año de Ato)
Los miembros de las expediciones anteriores no están muertos. Los tienen a todos aquí. No entiendo que les hicieron, sea lo que sea no quiero que me lo hagan a mí. Ayer, en lugar de venir un endólico a traerme los alimentos, vino un humano. Uno de los chinos de la última misión que nunca regresó. Actuaba como si fuera uno de ellos. Me desesperé, le hablé en español y en inglés, le grité, le supliqué, traté de retenerlo. No parecía saber quien era ni entender lo que sucedía. Me dejó los alimentos y se fue. Hoy a la mañana, vino una mujer de mediana edad. La reconocí de las fotos en los libros, había sido parte de la primera expedición. Era inglesa, pero le hablé en inglés y actuó como si no me entendiera. Le rogué que me mire, le grité, le supliqué, y aunque actuó como si me ignorara, dejó la puerta abierta. No se si lo hizo adrede o si se asustó de mi y olvidó cerrar. Pero pude salir de la habitación, corrí por un pasillo. Y tras otra puerta, oí una voz familiar. Era Úrsula, la enviada diplomática de nuestra expedición. Hablaba en chino con un ser de voz infinitamente aguda; como enviada diplomática, estudió varios idiomas mientras estábamos a bordo de la nave. Me alegré de que estuviera viva, pero temí lo peor. Úrsula es por sobre todas las cosas una mujer optimista. Si la convencían de que solo querían entrablar comunicación, ella bajaría la guardia, y terminaría convertida en un esclavo con el cerebro lavado como los enviados anteriores.  Seguí caminando, llegué hasta un salón central en el que se encontraban reunídos varios endólicos. Sabía que atravesando ese salón estaba la puerta. Podía escaparme. Pero no podía dejar a Úrsula, y debía averiguar si mis otros compañeros también estaban allí. Me robé algo que parecía una herramienta de hierro, que me serviría para destrabar la puerta, y volví a la habitación. Más tarde voy a salir, voy a ir a buscar a Úrsula, y vamos a irnos. Ya no me importan los Ñandús, ni las tierras, ni el origen de este mundo. Si no llegamos antes del día 148 a nuestra nave, la nave se irá vacía, y no podremos volver nunca a la Tierra. No puedo fallar. 

Continuará.

11.4.11

Mejor sigamos hablando de otros mundos.


Día 102 (Día 109 del año de Ato)
El día 80 del año de Ato, me encontraba en los alrededores de Noat. Aún no había hallado a los Ñandús, pero había hecho grandes progresos. Había aislado moléculas de oxígeno e hidrógeno en las aguas del Tahoal, y me encontraba trabajando en los Arbustos Lyncann, cuya anatomía parecía similar a la de un helecho terrestre, cuando los vi. Primero los vi a lo lejos, pensé que se trataba de algún tipo de animal. A lo mejor eran alguna especie similar a las jirafas. En los informes de las misiones anteriores se hablaba de especies similares a las terrestres en los territorios del norte. Pero luego los ví de cerca. Había más de una docena de ellos. No cabía duda, eran esos seres descriptos por la expedición anterior como “Habitantes del Endólico que viven en sociedad y se comunican en un lenguaje articulado” pero que sin embargo “no guardan ninguna similitud física con los humanos, salvo que tienen dos ojos y caminan erguidos”. Algunos eran altos como un humano y otros el doble. La piel de algunos era de un color amarillo limón, otros eran azules y unos pocos, los de estatura más baja, de un color que nunca antes vi.
Desde ese día los observo escondido. Si debo ser sincero, yo prefería encontrar a los Ñandús. No logro ser tan optimista como mis compañeros, yo no creo que podamos comunicarles de alguna manera que venimos en son de paz. Los tripulantes de las dos misiones que han dado testimonio de verlos, han perdido la comunicación con la Tierra justo después de informar que habían tenido contacto con los habitantes. No puedo dejar de pensar que me van a encontrar dormido y me van a diseccionar para investigarme. 


Continuará.

10.4.11

en este cielo no brilla un sol



Tía: _¿Y porqué elegiste esa carrera, nena?
Yo: _Porque puedo hacer la tarea borracha.





Día 42 (día 49 del año de Ato)
Hace treinta días me separé del grupo para comenzar con mi labor científica. A simple vista parecen confirmarse las sospechas de la expedición anterior, estas tierras estuvieron violentamente sacudidas por sismos hace mucho tiempo, y probablemente fueron las primeras en emerger entre el océano Panlehico y el Xzotapel, dando origen a los continentes de Mayón. Las aguas del Río  Tahoal parecen dulces y similares a las de la Tierra, por lo tanto, si los Mayónicos no se acercan al Río, sus organismos deben ser muy diferentes a los nuestros. Quizá consuman agua salada, o los océanos sean dulces. Pero aún estoy lejos de los océanos, primero necesito llegar a Noat, la capital geológica; de allí surgieron los pocos datos que las expediciones anteriores pudieron enviarnos, y es una gran promesa. Si allí no están los Ñandús, por lo menos habrá algún rastro que seguir.   En general, los paisajes me recuerdan al sur de Cablera. Grandes llanuras rojizas y un cielo profundamente azul. Pero en este lugar no hay aves en el cielo ni animales en la tierra. Solo hay animales en las aguas del Tahoal, se parecen a nuestros peces, pero  no tienen necesidad de estar siempre en el agua para respirar. Y lo más impactante, es que en el cielo no brilla un sol, sino dos. 

Continuará...

9.4.11

Y dale que va...

La próxima vez que alguna tía desorientada me pregunte, nena, ¿Qué es lo que estudias vos en la facultad?, le voy a mostrar mi primer trabajo de taller I. Seguramente se convenzan de que estudio cosas muy importantes y productivas y voy a tener un hermoso futuro... ¿O no?


Lean que en un rato me agarra el raye (o entro en razón) y lo borro. Y si sigo incoherente como ahora, después subo la continuación.



Día 1  (día séptimo del año de Ato.)
Al fin llegamos a las tierras del Endólico. Ya hace varios días Mayónicos que llegamos, pero con los efectos del viaje interplanetario, no pude levantarme de la cama (o en realidad, del suelo). Creo que si el viaje hubiera durado un día más, me hubiera vuelto loco. Somos la cuarta expedición terrícola que arriba en el planeta Mayón, la tercera que llega a los territorios del Endólico. Pero nuestro objetivo, es ser la primera en regresar con vida a la tierra.
Es raro pisar suelo firme después de dos años. Pasaron meses desde la última comunicación con la Tierra. Desde que llegamos, cada uno está ocupado intentando comenzar con su trabajo, en la medida que el cuerpo nos lo permite. Si bien las condiciones son aptas para la vida, el frío es insoportable y el viento apenas permite moverse. El aire es muy denso, siempre tenemos que llevar un respirador con oxígeno extra.   
Se nos complica y no tiene mucho sentido seguir calculando la fecha terrestre, por lo que el equipo decidió adoptar el calendario Mayónico. Corre al año de Ato,  los Mayónicos llaman así a los años en que el planeta orbita alrededor del más pequeño de sus soles. El año de Ato dura 148 días, y aunque aquí no funcionan nuestros relojes, creo que cada día es mucho más corto que los nuestros.
Espero sentirme mejor en los próximos días y poder salir a explorar. Debemos finalizar con nuestra misión antes de que termine el año de Ato, porque en ese momento, la nave regrasará automáticamente a la Tierra. Así que necesito recuperarme y comenzar la búsqueda de los Ñandús prehistóricos, que es mi misión específica. Las expediciones anteriores llegaron a enviar datos sobre una comunidad de animales gigantes y similares a los Ñandús terrestres que viven ocultos entre los volcanes, que aparentemente inmigraron de una isla llamada Mynmar. Esa isla, parece ser la clave del origen de la vida en Mayón.  
En cuanto a las poblaciones Mayónicas, aún no hemos encontrado ninguna (lamentablemente para el resto del equipo, que están tan interesados en estudiarlos e intentar comunicarse, pero afortunadamente para mí, porque estoy seguro de que no harán otra cosa que descuartizarnos si nos encuentran.) En teoría, nosotros estamos en el sur, cerca del Río Tahoal, a cuyas aguas no se acercan los habitantes, que están distribuídos en cuatro regiones al norte del lago Moní. 

Continuará. (o no.)