11.2.15

Arroz de hostel (La vida según el arroz)

En el Hostel Wind de Moscú, Katya me dijo un día que si yo iba sola al almacén (porque ella no podía dejar de atender la recepción), me enseñaba a preparar un muy buen arroz, el mejor que hubiera comido. Ella tenía arroz y yo también, todos en cualquier hostel siempre tienen arroz de sobra, pero tenía que comprar ajíes (morrones, pimientos, pepper, pieretz... hasta en chino aprendimos a decirlo ese día), manteca, y algo más que no recuerdo, creo que limón o arvejas. 
Nunca volví a ver tanto arroz junto como en el hostel Wind, hasta ayer, en el Backpackers de Iquique. En el Wind, los chinos hacían arroz porque ya se sabe que los chinos comen arroz todo e tiempo; los hindúes porque uno de los tres que había no comía otra cosa que arroz seco e hiper picante hecho en una olla a presión que había traído desde su país en la valija; y yo hacía arroz porque se supone que el arroz es barato, aunque los chinos insistían en que ahí estaba carísimo, y porque sí, porque una argentina de viaje cocina arroz, aunque en realidad no le guste y aunque no tenga casi hambre y aunque no necesite cocinar porque los colombianos o Katya le cocinan siempre algo rico. 
En el Backpackers hay cuatro ollas gigantes y una pequeña de arroz burbujeando a distintos niveles de cocción. La olla enorme que puso una francesa está llena de arroz blanco ya muy cocido y sin nada de agua, se le está pasando pero espera que otro francés, de otra región, que conoció hace unas horas, termine de preparar una salsa con un zuccini. Cuando lo apaga es tarde, y se le va a pegar igual porque se sigue cocinando con su propio calor, y medio ella ya lo sabía, pero no lo apagó a tiempo porque se suponía que el amigo nuevo era el que sabía cocinar bien. 
Una parejita de argentinos que viene bajando desde Machu Pichu tiene una olla aún más grande que esa, llena con arroz a punto, pero demasiado grande para que dos personas acompañen cuatro milanesas de soja. Un mes viajando y no saben calcular el arroz para los dos, debe ser que es la primera ciudad en la que están muy cansados como para salir a comer afuera, o en la primera que no se hacen amigos para cocinar juntos, o que en Iquique de verdad el arroz es lo único accesible. 
No miré tanto los precios en el supermercado, pero hay una cuarta olla y no puede haber para eso otro motivo que lo barato que está el arroz, y lo caro que está todo lo demás. O lo caro que está el arroz y lo más caro que está lo demás. 
Unos mendocinos que se van hoy tienen ya listo el atún con tomate y choclo, pero el arroz todavía está crudo porque no lo echaron a tiempo. Pensaron en robarse un poco de un arroz ya hecho que parecía abandonado en la mesada, pero cuando las cosas no tienen nombre en un hostel no se puede robarlas, no se sabe si el dueño está mirando.
Si alguien tuviese ganas de ponerse pragmático o comunista, la francesa podría intercambiar su arroz con los salteños; y la argentina de la parejita cederle un poco de lo que le sobra a una alemana tímida, que espera para usar la cocina y que después de cocinar una humilde media tacita de arroz la va a poner en la heladera y va a esperar a que se enfríe para mezclarla con la ensalada y va a comer como a las doce de la noche. 
Si hubiese sabido, le hubiera ofrecido cocinar una misma olla para las dos, porque yo estaba antes y pensaba hacer lo mismo, al final me puse impaciente y no quise seguir ocupando la cocina, así que me comí, con la palta, el arroz medio crudo y todavía caliente. 
La heladera está llena de platos de arroz abandonados, pero la única vez que alguien osó tomar uno que no era suyo, no con mala intención, sino como un acto de justicia ante ese infierno de tiempos y cantidades mal calculadas, resultó ser el que guardaba para el mediodía siguiente un grupo de chilenas, que estaban cortas de dinero y por eso vendían pochoclo en la playa, y cuando notaron que alguien había tomado su arroz prestado se enojaron mucho. 
En el Wind el arroz se calculaba bien porque allá no eramos tan turistas, todos nos quedábamos como mínimo un mes, y la medida del arroz de Katya se transmitía como secreto de familia: dos tazas de arroz, para cuatro personas, cuatro tazas de agua y el tiempo de cocción era lo que demoraba en evaporarse. 
Ahí se agregaba la manteca y los ajíes de tres colores previamente salteados, con jamón en caso de que ninguno de los cuatro comensales fuera hindú. 
Hay dos tipos de personas, las que saben calcular bien el arroz y las que no. Todos van a irse del hostel de Iquique siendo aún de los segundos. Ni siquiera importa: conocí una vez una monja que calculó demás un arroz para treinta personas, y le salió para treinta pero para alimentarlos por dos semanas. Hubo que comerlo todo en una, porque nos íbamos y no se podía desperdiciar. 
Todos calculan por demás. Pero yo, hace unos días, cuando todavía viajaba con las chicas, calculé de menos. ¿Quién va a guardar en la memoria la proporción de arroz y agua para tres, si tiene que andar calculando cosas más importantes, como a cuánto está el peso chileno si el dolar lo compraste mitad ahorro/mitad en negro y el chileno lo comprás en la calle y el pasaje con tarjeta y se le suma el 35%?
Vista desde el hostel de Iquique. Como para perder tiempo cocinando.

Nada era en los días de Moscú más universal que el arroz. Podía seguir el huevo, pero estaba yo: la argentina que veía raro comer huevo en el desayuno. Los rusos comen huevo en el desayuno, los hundúes (exepto martes y jueves, y Krishna que era vegano) comen huevo en el desayuno, los brasileros también, las griegas también. Pero la argentina no sólo absorbe pasto con un palito, sino que el huevo en el desayuno le resulta extraño; que rara que es. Al final, empieza a desayunar omelette porque los colombianos le pegan la costumbre. 
En Iquique hay tiempo de pegarse costumbres de nadie, me quedo sólo dos días, además viajo a contramano y además a la noche me acosté por cinco minutos y me levanté al día siguiente. Además estoy chinchuda y perdí la mitad del último día recorriendo un shopping libre de impuestos y la otra mitad lamentándome de haber gastado un tercio de mis ahorros en ir con la corriente.
—Su arroz precisas agua —me dice un francés, el que hacía lento los zapallitos, el que todavía no terminó la salsa y tiene una amiga nueva esperando con una cerveza. 
Mi arroz está todo pegado al fondo de la olla, negro y le sale humo. Sólo una cucharada es comible, y hasta la una de la  mañana voy a estar refregando la olla. Me mato a reproches mientras despego con las uñas una tira apelmasada que deja en el fondo de la olla una marca negra con el dibujo de los granitos pegados: 
Ojalá hubiese socializado hoy con alguien para cocinar juntos; ojalá hubiese propuesto el comunismo de arroz cuando se me ocurrió. Ojalá hubiese prestado más atención las veces que me dijeron el tiempo que hay que dejar evaporar el agua después de hervir; ojalá a alguien se le ocurriera enseñar a calcular arroz para uno sólo. Ojalá hubiese comprado arroz Maggic que nunca se pega; u ojalá todavía hiciera el arroz de esa otra forma que aprendí en un campamento cuando era chica, que lleva más agua y después se cuela. Ojalá no me colgara pensando en los platos de arroz compartidos con personas que no están acá; ojalá fuera verdad ese mito de que se pueden dejar los mambos en otra parte cuando te vas de vacaciones.

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